Reflexión 03 de Octubre 2020

“Por eso oramos constantemente por ustedes, para que nuestro Dios los considere dignos del llamamiento que les ha hecho, y por su poder perfeccione toda disposición al bien y toda obra que realicen por la fe. Oramos así, de modo que el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado por medio de ustedes, y ustedes por él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo (2 Tesalonicenses 1. 11, 12)

El apóstol Pablo le escribe a los hermanos en Tesalónica, ciudad ubicada en la región de Macedonia, aproximadamente en el año 51-52 d.C., probablemente desde Corinto, una segunda carta, siendo éstos versos parte de ella.

Es una carta pastoral que refleja la preocupación del apóstol por incentivar a sus hermanos, y lo hace haciéndoles presente que ora ferviente y constantemente por ellos evidenciando el amor fraternal que Pablo tenía por ellos.

Pero, como lo expresa en otras cartas a otras iglesias, Pablo se encarga de precisar el motivo de su intercesión; y en ésta ocasión, a los hermanos de Tesalónica, les señala que ruega a Dios que los considere dignos del llamado que Él les hizo. En otras palabras, oraba para que fueran aprobados por Dios cómo consecuencia del testimonio de vida que ellos daban en medio de la sociedad en la cual vivían.

Esta expresión, Pablo también se la hizo presente a los hermanos en Efeso cuando les escribió y les dijo: “… les ruego que vivan de una manera digna del llamamiento que han recibido” (Efesios 4. 1), confirmando la preocupación permanente de Pablo por el testimonio de vida de la Iglesia en medio de una sociedad incrédula y pagana. En el caso de los efesios, Pablo les subrayó la importancia del carácter y les dijo: “siempre humildes y amables, pacientes, tolerantes unos con otros en amor” (Efesios 4. 2).

Pero para los tesalonicenses Pablo ponía el énfasis en los hechos y obras que ellos debían realizar como testimonio de la obra que Cristo había hecho en sus vidas, y por ello su oración de intercesión se focalizaba en que Dios “perfeccionara toda disposición al bien y toda obra que realizaran por la fe”.

Era importante mostrar ante la sociedad una actitud positiva, constructiva, solidaria, en pro del bien, conducta que por lo demás correspondía a la transformación del corazón que hacía el evangelio de Cristo, cambiándolo desde una conducta egoísta y egocéntrica, a una generosa y solidaria, centrada en la ayuda al prójimo, al necesitado, al pobre, al quebrantado. Esto era hacer el bién, exhortación que Pablo también hizo a los romanos cuando les escribió: … Aborrezcan el mal; aférrense al bien. Ayuden a los hermanos necesitados. Practiquen la hospitalidad. Bendigan a quienes los persigan; bendigan y no maldigan… No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes… No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos. No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien. (Romanos 12. 9-21)

Y concluye Pablo esta parte de su carta con una reflexión maravillosa que refleja, finalmente, el propósito de la actuación de ellos ante los incrédulos, y que es el motivo de la intercesión de Pablo; y les dice: Oramos así, de modo que el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado por medio de ustedes, y ustedes por él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo. ¡Que maravilloso! Ellos, glorificando a Jesucristo con sus actos y testimonio, pero ellos también siendo respaldados y honrados (glorificados) por Jesucristo. Una reciprocidad virtuosa, poderosa, que debía impactar a la sociedad y cultura imperantes.

Hermanos y hermanas queridos, hoy en absoluto es distinto. El anhelo de Pablo y el propósito de Dios para la Iglesia de hoy es exactamente el mismo, por lo que en nosotros está el privilegio, la oportunidad, el desafío y la responsabilidad de manifestar el Reino de Dios con nuestras acciones y conducta, en medio de una sociedad tan convulsionada, tan agresiva, tan injusta y tan sensual pero tan necesitada. No es tiempo de seguir haciendo diagnósticos sino más bien de presentar la esperanza del cambio, de la transformación , de una nueva vida, pero no como parte tan solo de un discurso o enseñanza, sino con el ejemplo mismo de la transformación de nuestras vidas. ¡Ayúdanos Señor!

Pr. Guillermo Hernández P.

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