Reflexión 05 de Noviembre 2020

«Oye, Señor, mi voz cuando a ti clamo; compadécete de mí y respóndeme» (Salmos 27. 7)

Hoy podemos apreciar en este breve, pero intenso verso, la convicción del salmista. Sin duda está viviendo un momento complejo y difícil en su vida, y recurre con todas sus fuerzas a quién él sabe le puede ayudar y socorrer, Dios mismo. La expresión “Oye, Señor, mi voz…” es la del alma afligida que se vuelca y derrama en la presencia de Dios con una actitud humilde que no demanda sino suplica. Incluso apela a Su compasión reconociendo en ello que se entrega a su soberanía, aunque sabe que puede hacerle presente su aflicción.

Llama la atención la familiaridad con que clama, incluso el desenfado, y sólo es posible explicárselo por la intimidad que tiene con su Señor, además de saber que sólo Él lo puede ayudar. Su esperanza descansa en Él.

Es tal su necesidad y búsqueda de Dios, que no tiene ninguna duda de que le va a responder porque ha experimentado Su fidelidad, llegando incluso a escribir un poco más adelante: «Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recibirá en sus brazos» (Salmos 27. 10).

¡Qué maravilla!, ¡Qué convicción! Sólo es posible encontrarla en alguien que conoce a Dios, que tiene una relación de vida con Él y que sabe que no le abandonará.

Es tal su conocimiento de Dios, que comienza este Salmo afirmando: «El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? El Señor es el baluarte de mi vida; ¿quién podrá amedrentarme?» (Salmos 27. 1).

Por eso que se atreve a clamar con tanta vehemencia, ya que sabe de la ayuda y protección de Dios para su vida. Sabe de su compasión y su pronta respuesta. ¡Qué hermosa lección para nosotros!

¿Será Dios a quién primero buscamos y clamamos ante una fuerte crisis?, ¿Hay en nosotros una convicción tal, que nos permita esperar y confiar en Él? Sin duda que el contexto en el cual hoy se desenvuelve la vida, nos presenta el crudo desafío de optar en nuestro corazón a qué o quién clamaremos por ayuda, a qué o quién le confiaremos nuestra vida. El rey David, teniendo a su alcance recursos, influencia y poder, clamaba, esperaba y se refugiaba en Dios; para éste rey no había nadie más fiel que Él.

Hermanos y hermanas queridos, roguemos hoy a Dios para vivir la misma experiencia de éste hombre, y podamos buscarle intensamente, esperando y confiando en Él porque nunca nos abandonará ya que es muy fiel. ¡Gracias Señor y ayúdanos a confiar realmente en tí!

Pr. Guillermo Hernández P.

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