Reflexión 08 de Noviembre 2020

«El orgullo lleva a la deshonra, pero con la humildad viene la sabiduría» (Proverbios 11. 2)

El verso de hoy nos muestra una gran verdad respecto de las consecuencias que sufre en la vida una persona orgullosa, y otra humilde. El primero recibe deshonra reconociendo así, el autor de Proverbios, la imprudencia que comete el soberbio, exponiéndolo ante los demás hasta tal punto que en algún momento va a sufrir la dura y triste pérdida de la honra, un “bien” preciado que da cuenta del respeto y buena opinión que se tiene de las cualidades morales y de la dignidad de una persona.

Pero el segundo, alcanza la sabiduría como consecuencia de su corazón humilde porque le lleva a estar dispuesto a ser formado, a ser enseñado, a ser guiado, reconociendo sus propias limitaciones y la necesidad de ser ayudado.

La Biblia atribuye la manifestación del orgullo a la naturaleza humana pecaminosa, y la humildad a una manifestación del Espíritu Santo en la vida de una persona. Pablo expresó esto último a los hermanos en Galacia así: «En cambio, la clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio. ¡No existen leyes contra esas cosas!» (Gálatas 5. 22, 23). En consecuencia, la existencia de Dios en la vida humana, desarrolla y cultiva virtudes como la “humildad”, y esto se hace notorio pues la lleva hacia una cada vez mayor sabiduría, pues Su Espíritu está en ella y le influencia.

No así el “orgullo”, que obedece exclusivamente a una naturaleza caída, con exclusión absoluta de Dios, por lo que busca satisfacer el ego del alma humana prescindiendo absolutamente de cualquier consejo o exhortación pues torpemente le hace creer que “siempre tiene la razón” y que “no necesita de los demás”. El apóstol Pablo, en su carta a los romanos, les advirtió de esta negativa y destructiva actitud y conducta, al escribirles: Vivan en armonía los unos con los otros. No sean arrogantes, sino háganse solidarios con los humildes. No se crean los únicos que saben” (Romanos 12. 16).

Tristemente vemos hoy como el orgullo y la arrogancia humanas han sido desnudadas, por ejemplo, por un microscópico virus que ha dejado al descubierto la fragilidad del desarrollo humano; aquello que el hombre había construido y de lo cual se enorgullecía, se derrumbó estrepitosamente. El rechazo a Dios, la negación contumaz de Su Presencia y realidad en la vida humana, ha llevado al hombre a traspasar límites que paulatinamente han ido desgastando y consumiendo el planeta y la vida que en él hay, con las consecuencias por todos conocidos. Y no sólo esto último, sino que el rechazo a Dios y el odio contra Él, ha degradado la condición humana hacia la violencia, la injusticia y la sensualidad. El hombre y la mujer, soberbia y orgullosamente, han prescindido de Dios.

¿No será hora de volverse a Dios? ¿De reconocer que necesitamos humildemente aprender y ser enseñados por Él para vivir una “vida abundante”, justa, solidaria, generosa, a través de Jesucristo?

“Vivir sabiamente” nos lleva a buscar y obedecer a Dios, en humildad, para ser guiados y transformados por Él. Así lo expresó el sabio Salomón, La sabiduría comienza por honrar al Señor; los necios desprecian la sabiduría y la instrucción” (Proverbios 1. 7)

Hermanos y hermanas queridos, roguemos hoy a Dios por un corazón humilde que esté dispuesto a ser transformado no sólo por su Espíritu y su Palabra, sino también por el consejo, la exhortación y la enseñanza de otros hermanos y hermanas maduros que Dios haya puesto a nuestro alrededor, como también por algún miembro de nuestra familia que nos quiera hacer ver algo necesario de cambiar o mejorar. El corazón humilde reflexiona y está dispuesto a ser enseñado, y en esto hay sabiduría. ¡Ayúdanos Señor!

Pr. Guillermo Hernández P.

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