Reflexión 11 de Septiembre 2020

Llegando al lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: Zaqueo, baja en seguida. Tengo que quedarme hoy en tu casa. Así que se apresuró a bajar y, muy contento, recibió a Jesús en su casa. Al ver esto, todos empezaron a murmurar: «Ha ido a hospedarse con un pecador». Pero Zaqueo dijo resueltamente: —Mira, Señor: Ahora mismo voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y, si en algo he defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces la cantidad que sea. (Lucas 19. 5-8)

Nos encontramos en los últimos días de Jesús. Se dirige a Jerusalén donde, si bien es cierto sería recibido con palmas y vítores, a las pocas horas sería arrestado, juzgado y crucificado. Venía de su última gira realizada en la región de Perea y debía pasar por Jericó distante a 27 kms. de Jerusalén.

En aquella ciudad vivía un recaudador de impuestos llamado Zaqueo, que además era Jefe de los recaudadores de impuestos, y era muy rico, detalles del relato que se encuentran en los versículos previos, y que nos permiten comprender que era alguien conocido pero, además, muy despreciado, incluso aborrecido por el pueblo, pues en su condición de jefe de los recaudadores de impuestos y siendo judío, era considerado traidor a Israel, además de ser catalogados religiosamente como impuros y pecadores. Además, su condición de rico hacia notorio su abuso para con sus compatriotas pues era normal que los recaudadores de impuestos cobraran más de lo que debían, lo cual rápidamente los enriquecía.

Era un hombre de baja estatura por lo que se subió a un árbol para ver a Jesús, por cuanto la multitud no le permitía verlo. Y grande debe haber sido su sorpresa cuando, justo, delante del árbol donde se había subido, Jesús se detuvo, lo miró y lo llamó: “Zaqueo, baja en seguida. Tengo que quedarme hoy en tu casa”, y se lo dijo mirando a sus ojos. ¿Qué vió Zaqueo en los ojos de Jesús que lo hizo reaccionar de inmediato, con premura, y además muy contento? Acostumbrado al desprecio y al rechazo de sus compatriotas, sin duda que la mirada de Jesús fue muy diferente.

Pero en las palabras de Jesús también es posible apreciar un propósito en el encuentro con Zaqueo, ya que i) lo aborda directamente, ii) lo llama por su nombre y, además, iii) le dice categóricamente tengo que quedarme hoy en tu casa”. Una vez más Jesús se dirige a la vida de una persona con un claro propósito de salvación y restauración. Lo hizo con la mujer samaritana y con la viuda de Naín reflejando, en cada ocasión, su profundo amor y misericordia por el corazón afligido y quebrantado, por cuanto en éstos tres casos es posible apreciar que no hay una súplica como “puente” entre él y la persona objeto de su misericordia. En éste caso, Zaqueo solo quería ver quién era Jesús.

Evidentemente, la actitud de Jesús provocó el rechazo y la murmuración de quiénes fueron testigos de la iniciativa de Jesús porque “infringiendo” todas las costumbres y las creencias de la época, visitaba y se relacionaba con un “pecador”. Pero ¿acaso no había venido justamente a eso?

El arrepentimiento y la confesión en público de este hombre, además de su decisión de compensar lo defraudado, provocó una hermosa reacción en Jesús quién expresó “hoy ha llegado la salvación a esta casa”, afirmando lo que sobre naturalmente había ocurrido en el corazón de Zaqueo: había creído en Jesús cómo el Cristo, había entendido la condición en que estaba su corazón al arrepentirse, había comprendido lo que tenía que hacer y lo había hecho.

Pero ¿de qué lo había salvado Jesús?, lo había salvado de continuar viviendo apartado de Dios, lo había salvado de la corrupción de su propio corazón, lo había salvado del odio que le manifestaban sus semejantes, lo había salvado del juicio de Dios por el abuso violento de sus prácticas corruptas al robar y despojar a sus compatriotas, lo había salvado de la imagen pobre y despreciable que sin duda el sentía de sí mismo, al ser víctima del menosprecio y del odio de sus compatriotas. ¡Sí, Jesús lo había salvado! 

Hermanos y hermanas queridos, estamos en presencia de un relato que ocurrió en el ministerio de Jesús aquí en la Tierra, en la casa de un hombre que comprendió la condición de su corazón, y ante los demás confesó su pecado, se arrepintió y resarció el daño hecho; y todo ello aconteció cuando Jesús entró a su hogar provocando en Zaqueo su restauración con Dios, consigo mismo y con los demás. ¿también ha sido nuestra experiencia desde que Jesús entró a nuestra vida? ¡Ayúdanos Señor!

Pr. Guillermo Hernández P.

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