Reflexión 13 de Septiembre 2020

»Ustedes han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo. Él hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán? ¿Acaso no hacen eso hasta los recaudadores de impuestos? Y, si saludan a sus hermanos solamente, ¿qué de más hacen ustedes? ¿Acaso no hacen esto hasta los gentiles? Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto. (Mateo 5. 43-48)

Los versos de hoy son parte del Sermón de la Montaña compartido por Jesús a sus discípulos, y a decir de muchos, es la parte cúlmine de sus enseñanzas por cuanto presenta el desafío de amar, precisamente a aquellos que procuran hacernos mal, a aquellos que se han levantado en contra nuestra. De lo contrario, solo seremos igual que cualquier ser humano que ama y considera a los que le aman y consideran, pero guarda distancia y se rebela con quiénes son sus enemigos.

Pero de la lectura cuidadosa de los versos podemos apreciar dos aspectos al asumir el desafío que enseñó Jesús, cómo el lo dijo: i) “para que sean hijos de su Padre que está en los cielos” y, ii) “para que sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”.

Evidentemente, es una enseñanza entregada a los que son discípulos de Jesús, por cuanto demanda de ellos un testimonio de vida que da cuenta de a Quién “representan”.

El abrazar esta enseñanza de Jesús hace evidente la absoluta intimidad de sus discípulos con su Padre, de tal manera que no es una enseñanza para todos, ni siquiera para los de “buen corazón”, ya que requiere una condición esencial que comienza con haber experimentado el “nuevo nacimiento”, es decir, haber sido “engendrados como hijos de Dios”, milagro que opera Dios en el corazón de aquellos que se declaran “pobres en espíritu”, es decir, aquellos que sin Él “no son ni tienen nada” porque Él lo es todo para sus vidas, y por ello han “llorado” ante Él arrepintiéndose de sus pecados; dos condiciones que corresponden a las dos primeras bienaventuranzas, también enseñadas un poco antes por Jesús a éste mismo grupo de discípulos.

Pero no nos equivoquemos cuestionando la enseñanza de Jesús pensando en su imposibilidad, o la gran dificultad que representa obedecerla. La verdad espiritual que subyace en ella, y que es importante entender, es que es la manera en que la manifestación del Reino de Dios irrumpe en la realidad humana, agresiva y violenta, con la “violencia del amor” de Dios; y lo hace a través de los suyos.

Él ya ha manifestado su gracia permitiendo que el sol salga sobre buenos y malos y que llueva sobre justos e injustos pero, además, desea que el alma humana caída, violenta y agresiva, sea también alcanzada por Su amor para provocar el cambio en sus corazones, y ello lo quiere hacer a través de sus hijos, tal como lo hizo con el primogénito de ellos, Jesucristo, quién dio su vida por alcanzar con el amor del Padre la vida violenta de muchos de nosotros.

Vivir este desafío que hoy nos comparte Jesucristo es un privilegio inconmensurable, porque nos hace verdaderos embajadores del Reino de Dios que se ha manifestado en la humanidad, trayendo un amor “violento y agresivo” que tiene tal fuerza que puede detener la violencia humana con su agresividad cultural. El bendito amor del Reino de Dios, encarnado en sus hijos, detiene la aspereza y rudeza humanas.

Hermanos y hermanas queridos, el llamado de Dios a nuestras vidas es un desafío “no menor” pues tiene que ver con el testimonio de Su Reino en una sociedad caída, sumergida en tinieblas. Va más allá de nuestra comprensión, pero es un privilegio que debe ser valorado por nosotros, sus hijos, para sujetar nuestras vidas a este propósito de Dios. ¡Ayúdanos Señor!

Pr. Guillermo Hernández P.

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