Reflexión 20 de Julio 2020

“Pero yo les digo: No resistan al que les haga mal. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Si alguien te pone pleito para quitarte la camisa, déjale también la capa. Si alguien te obliga a llevarle la carga un kilómetro, llévasela dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no le vuelvas la espalda. (Mateo 5. 39 – 42)

Cuando miramos los evangelios y específicamente el Sermón de la Montaña nos encontramos con una alta exigencia moral. Jesús es el encargado de pedirnos que nuestra vida refleje una santidad tal, que marchemos en pos de la perfección; de hecho, el propio Señor Jesús se los dijo a sus discípulos en el mismo Sermón, “… sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto” (Mateo 5. 48).

Para muchos el clímax de las exigencias del Sermón está en los pasajes que hoy leemos, en donde encontramos ilustraciones breves que nos plantean un fuerte desafío que “provocan” nuestro carácter. Todas tienen dos cosas en común, obligan a un esfuerzo imposible y exigen dar más de lo que se nos pide rechazando de plano el tomar venganza.

Un esfuerzo imposible respecto de nuestras fuerzas, porque nuestro hombre interior siempre va querer responder a una ofensa. Es tan fuerte nuestro deseo de resarcir el daño que nos han hecho, que muchas veces respondemos sin medir las consecuencias de nuestra venganza, sin estar conscientes de lo que hemos hecho, o queremos hacer. Por eso, el responder pacíficamente ante una agresión, parece un esfuerzo imposible y aún más a favor de nuestro agresor.

Pero lo que Jesús está haciendo notar en su enseñanza es la condición del carácter de un hombre o mujer que pertenece al Reino de los Cielos, cómo discípulo suyo.

El ser discípulo de Jesucristo asegura la presencia del Espíritu Santo de Dios en nuestra vida, porque desde el momento que nos arrepentimos y le creímos, Dios nos perdona y salva, y nos da su Espíritu; así lo escribió Pablo a los Efesios, “…cuando creyeron en Cristo, Dios los identificó como suyos al darles el Espíritu Santo, el cual había prometido tiempo atrás” (Efesios 1. 13). Por consiguiente, es Él quien nos capacita para cumplir las exigencias de Dios. Es Él quien nos muestra nuestra maldad y las antiguas formas de reaccionar para cobrar venganza. Y lo más importante, nos da las fuerzas y el deseo de obedecer a Dios, “dando nuestro segundo kilómetro”.

Jesucristo nuestro Señor lo vivió y quiere forjar en nosotros su mismo carácter. Lo traicionaron, lo abandonaron, lo injuriaron, lo golpearon, lo escupieron, lo crucificaron y lo mataron. Sin embargo, sin defenderse, oró por sus verdugos, y sin dejarse dominar por sus tentaciones exclamó a su Padre, “Padre, dijo Jesús, perdónalos, porque no saben lo que hacen…” (Lucas 23. 34).

El apóstol Pedro lo escribió en su primera carta, “Pero ¿cómo pueden ustedes atribuirse mérito alguno si soportan que los maltraten por hacer el mal? En cambio, si sufren por hacer el bien, eso merece elogio delante de Dios. Para esto fueron llamados, porque Cristo sufrió por ustedes, dándoles ejemplo para que sigan sus pasos. «Él no cometió ningún pecado, ni hubo engaño en su boca». Cuando proferían insultos contra él, no replicaba con insultos; cuando padecía, no amenazaba, sino que se entregaba a aquel que juzga con justicia (1 Pedro 2. 20-23).

Y eso quiere de nosotros, que dejemos forjar nuestro carácter y nos rindamos a lo que el Espíritu Santo quiere hacer en nuestras vidas, verdaderos hombres y mujeres del Reino, que no escogen el camino de la venganza, sino privilegian la obediencia. Jesús con su sacrificio lo preparó todo, a nosotros solo nos resta tomar la decisión de OBEDECER. ¿Vas a poner tu otra mejilla? ¡Ayúdanos Señor!

Pr-. Guillermo Hernández P.

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