Reflexión 21 de Julio 2020

Jesús le dijo a Marta: “¿No te dije que si crees verás la gloria de Dios?” (Juan 11. 40)

Uno de los grandes desafíos que hoy enfrentan los hijos de Dios es el mantener una fe sana, robusta y creciente en Dios y su obra. La complejidad de la vida, el rechazo y la negación permanente de Dios, la comodidad de una vida consumista que sólo busca el bienestar en una actitud individualista y egoísta, atenta poderosamente con la fe del creyente. Incluso, en el día de hoy, y a propósito de la angustia que vive la humanidad, sin duda que muchísimos han renegado de Dios y le han hecho responsable de lo que ocurre. El propio Señor Jesucristo se refirió a la fe del hombre y la mujer cuando señaló “… cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lucas 18. 8).

Por ello es que el apóstol Juan manifestó el valor de la fe de los creyentes, y su efecto sobre el mundo, en su primera carta a la Iglesia, al escribirles “… porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (1ra. Juan 5. 4).

Efectivamente, la fe del creyente genuino en Dios vence al mundo, supera la incredulidad y ésta victoria se traduce en fuertes convicciones que lo llevan a permanecer firme en su relación con Él, obedeciendo sus mandamientos de lo cual da testimonio su vida. El mismo apóstol Juan lo enseñó en ésta primera carta que envió a las iglesias al escribirles “El que afirma: «Lo conozco», pero no obedece sus mandamientos, es un mentiroso y no tiene la verdad. En cambio, el amor de Dios se manifiesta plenamente en la vida del que obedece su palabra. De este modo sabemos que estamos unidos a él:  el que afirma que permanece en él debe vivir como él vivió” (1 Juan 2. 4-6)

Pero el desafío de creer en Dios no es nuevo en la historia del hombre. Permanentemente el creyente y devoto de Dios ha sido desafiado a permanecer firme en su fe. La lectura de los textos de los profetas nos enseña que también Israel fue llevado a situaciones extremas, donde solo la fe en Dios les permitió a algunos vencer. Un testimonio hermoso de esto lo encontramos en los dichos del profeta Habacuc, quién afirmó “Aunque la higuera no florezca, ni haya frutos en las vides; aunque falle la cosecha del olivo, y los campos no produzcan alimentos; aunque en el aprisco no haya ovejas, ni ganado alguno en los establos; aun así, yo me regocijaré en el Señor, ¡me alegraré en Dios, mi libertador! El Señor omnipotente es mi fuerza; da a mis pies la ligereza de una gacela y me hace caminar por las alturas (Habacuc 3. 17-19).

La fe del creyente lo impulsa a alturas y realidades que los demás no experimentan; no es una evasión premeditada para huir de la realidad, sino más bien superarla con una actitud de esperanza viva que le hace posible enfrentar con victoria esta realidad, aunque ella sea amenazante, violenta, e incluso mutilante.

¡Creer en Dios permite ver Su Gloria! Hermanos y hermanas míos, la realidad de nuestra sociedad desanima a muchos. Tal vez hoy mismo te encuentres en condiciones extremas, te animo a no dejar de creer en nuestro Señor. Él es de propósitos y nunca te dejará, porque fue su promesa. Así se los dijo a sus discípulos antes de volver al Padre, “… les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo…” (Mateo 28. 20)… ¡no lo dudes!

Pr. Guillermo Hernández P.

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