Reflexión 22 de Diciembre 2020

Reflexión del día 22 de diciembre del 2020

Cuando se cumplieron los ocho días y fueron a circuncidarlo, lo llamaron Jesús, nombre que el ángel le había puesto antes de que fuera concebido. Así mismo, cuando se cumplió el tiempo en que, según la ley de Moisés, ellos debían purificarse, José y María llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor. Así cumplieron con lo que en la ley del Señor está escrito: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor».  También ofrecieron un sacrificio conforme a lo que la ley del Señor dice: «un par de tórtolas o dos pichones de paloma» (Lucas 2. 21-24).

Hoy, el evangelio de Lucas nos entrega una nueva imagen del nacimiento de Jesús. En ésta ocasión el evangelista nos llama la atención sobre el proceso que también debió vivir Jesús en su incorporación a las normas y costumbres religiosas judías. Cómo el texto lo indica, fue circuncidado al octavo día de haber nacido como todo hombre judío, además de ser presentado y consagrado a Dios por cuanto era el primogénito del matrimonio entre José y María, de acuerdo a las normas contenidas en la ley de Moisés, normas que estaban bajo el antiguo pacto, aquél que justificaba al hombre y la mujer ante Dios, a través del cumplimiento de las normas de ésta ley.

Hermanos y hermanas queridos, es importante considerar esta dimensión de la encarnación de Dios en la persona de su Hijo Jesús, porque hacía presente que, a pesar de ser el Cristo, el Salvador y el Señor, debía sujetarse al plan de redención de su Padre que había incorporado, para una “era” distinta y anterior a su advenimiento, un conjunto de normas contenidas en la ley de Moisés cuyas principales directrices estaban contenidas en los Diez Mandamientos y que sirvieron para concluir la imposibilidad que tenía el hombre de cumplirlas, evidenciando en él el “pecado”. Pablo lo expresó de ésta manera: “… si no fuera por la ley, no me habría dado cuenta de lo que es el pecado. Por ejemplo, nunca habría sabido yo lo que es codiciar si la ley no hubiera dicho: «No codicies»” (Romanos 7. 7), y esta imposibilidad hizo, por la gracia de Dios, que viniese su Hijo Jesús quién sí pudo cumplir con la ley y en su condición de “cordero sin mancha”, porque no cometió “pecado”, ocupó el lugar que nos correspondía en la cruz.

El propio Señor Jesús afirmó a Juan el Bautista la necesidad de cumplir con los ritos, las normas y costumbres religiosas de la época, y en su bautismo se produjo el siguiente diálogo: “Un día Jesús fue de Galilea al Jordán para que Juan lo bautizara. Pero Juan trató de disuadirlo. —Yo soy el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? —objetó. —Hagámoslo como te digo, pues nos conviene cumplir con lo que es justo —le contestó Jesús” (Mateo 3. 13-15). Si bien el bautismo con agua no era una obligación que imponía la ley de Moisés, sí era una señal necesaria que comunicaba el arrepentimiento como el inicio del camino para reconciliarse con Dios, cómo lo predicaba Juan el Bautista cuando decía: Yo los bautizo a ustedes con agua para que se arrepientan. Pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, y ni siquiera merezco llevarle las sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego” (Mateo 3. 11).

Jesús también hizo notar a sus discípulos la necesidad de que él cumpliera la ley y los preceptos de Dios, y encontramos en el evangelio de Mateo el registro de ésta enseñanza en su Sermón de la Montaña, cuando les expresó: “No piensen que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido a anularlos, sino a darles cumplimiento” (Mateo 5. 17).

Jesús nacía y no iba a tomar un “atajo” omitiendo o incumpliendo la ley que su Padre había establecido por medio de Moisés, muy por el contrario, venía a cumplirla desde su mismo nacimiento comenzando por su circuncisión.

Hermanos y hermanas queridos, Dios no estaba improvisando un nuevo escenario, o aplicando un plan B con la llegada de Jesucristo, porque la ley hubiese “fallado”. El problema fue el “pecado” de la naturaleza humana, como lo concluyó el apóstol Pablo en su carta a los romanos: Concluimos, pues, que la ley es santa, y que el mandamiento es santo, justo y bueno. Pero entonces, ¿lo que es bueno se convirtió en muerte para mí? ¡De ninguna manera! Más bien fue el pecado lo que, valiéndose de lo bueno, me produjo la muerte; ocurrió así para que el pecado se manifestara claramente, o sea, para que mediante el mandamiento se demostrara lo extremadamente malo que es el pecado” (Romanos 7. 12, 13).

¡Y Jesús venía para derrotar el “pecado” y la muerte, porque Él sí había cumplido con la ley desde su nacimiento, por lo que podía pagar el precio de nuestra justificación! ¡Aleluya! ¡Gracias Señor!

Pr. Guillermo Hernández P.

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