Reflexión 22 de Julio 2020

“Entonces el Señor tu Dios te bendecirá con mucha prosperidad en todo el trabajo de tus manos y en el fruto de tu vientre, en las crías de tu ganado y en las cosechas de tus campos. El Señor se complacerá de nuevo en tu bienestar, así como se deleitó en la prosperidad de tus antepasados, siempre y cuando obedezcas al Señor tu Dios y cumplas sus mandamientos y preceptos, escritos en este libro de la ley, y te vuelvas al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma” (Deuteronomio 30. 9, 10)

El verso de hoy está en el contexto del diálogo de Dios con su pueblo Israel, antes que éste entrara a Canaán, la Tierra Prometida, lugar al cual Él los había conducido durante cuarenta años después de haberlos sacado de la esclavitud en Egipto. Ellos no conocían la región a la cual entraban ni menos sabían lo que iban a experimentar, por lo que Dios les hacía una promesa de bendecirlos y prosperarlos siempre y cuando ellos le obedecieran y se “convirtieran” de todo corazón a Él. Una advertencia seria, sólo con el propósito de que obedecieran sus mandamientos en aquella región, porque Su interés era beneficiarlos y ayudarlos. Sin embargo, Israel no le obedeció con las tristes consecuencias que encontramos en su historia, cautiverio y dispersión.

Sin duda que es una advertencia que no acepta el humanismo, o cualquier otra filosofía o ideología de origen humano, por cuanto el hombre siempre ha querido sentirse “libre” en sus decisiones y actos, sin responsabilizarse por la consecuencia de éstos. El sólo hecho de tener que someterse a Dios en el cumplimiento de sus mandamientos provoca rebelión en el corazón humano; ¿acaso no fue esto lo que sucedió con Adán, el primer hombre?

¿Pero que motiva a Dios hacer ésta advertencia? Sin duda que había en Él un vivo interés por lo que el pueblo de Israel iba a decidir hacer. A pesar de su majestad y eternidad, y de la pequeñez de Israel, Él no se desentendía de su pueblo. Los amaba y se los había dicho de ésta manera por boca de Moisés, “Porque para el Señor tu Dios tú eres un pueblo santo; él te eligió para que fueras su posesión exclusiva entre todos los pueblos de la tierra. El Señor se encariñó contigo y te eligió, aunque no eras el pueblo más numeroso, sino el más insignificante de todos. Lo hizo porque te ama…” (Deuteronomio 7. 6-8). Los había elegido porque les amaba, y le pertenecían, por consiguiente lo que ellos decidiesen hacer era de su incumbencia.

La verdad teológica de la “advertencia”, solo es posible entenderla para aquellos que viven la realidad de una relación diaria, de vida con Dios. El pertenecer a Dios, el haber nacido de Él (1 Juan 5. 1), el tener que vivir con la realidad de Su presencia, nos hace comprender Su “advertencia” que se motiva en su amor para con nosotros; como un padre que desea lo mejor para su hijo.

Expresiones como la de Jesús, “No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes…” (Jn. 15. 16),o la de Pablo, “… ¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios? Ustedes no son sus propios dueños…”(1 Corintios 6. 19), son resistidas e incomprendidas, incluso al interior de la iglesia. Pero la verdad, es que le pertenecemos a Dios y solo por éste hecho su “advertencia” es necesaria y pertinente a nuestra vida.

Queridos hermanos y hermanas, los sucesos de Israel fueron registrados como advertencia para nosotros; incluso el apóstol Pablo se los escribió a los corintios al decirles, Todo eso les sucedió (Israel) para servir de ejemplo, y quedó escrito para advertencia nuestra, pues a nosotros nos ha llegado el fin de los tiempos.  Por lo tanto, si alguien piensa que está firme, tenga cuidado de no caer” (1 Corintios 10. 11, 12).

Hoy, cuando el mundo está tan convulsionado y cuando el futuro es incierto y se pronostican variados escenarios, mantengámonos firmes porque si bien es cierto estamos “entrando” a una nueva etapa en el “orden mundial”, el llamado que hoy se nos hace es a permanecer en obediencia sujetos a Dios” pues de Él somos. ¡Aleluya! Pablo lo dijo, Si vivimos, para el Señor vivimos; y, si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos o que muramos, del Señor somos” (Romanos 14. 8). Él nos sustentará, Él nos protegerá porque fue su promesa y nos ama. ¡Gracias Señor!

Pr. Guillermo Hernández P.

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