Reflexión 23 de Diciembre 2020

Reflexión del día 23 de diciembre del 2020

Ahora bien, en Jerusalén había un hombre llamado Simeón, que era justo y devoto, y aguardaba con esperanza la redención de Israel. El Espíritu Santo estaba con él y le había revelado que no moriría sin antes ver al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo. Cuando al niño Jesús lo llevaron sus padres para cumplir con la costumbre establecida por la ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios: «Según tu palabra, Soberano Señor, ya puedes despedir a tu siervo en paz. Porque han visto mis ojos tu salvación, que has preparado a la vista de todos los pueblos: luz que ilumina a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». El padre y la madre del niño se quedaron maravillados por lo que se decía de él” (Lucas 2. 25-33)

Hoy estamos frente a otro relato del evangelio de Lucas que describe lo que ocurrió después que el niño Jesús fue presentado en el templo y consagrado a Dios, momento al cual nos referimos ayer. En ésta ocasión, podemos apreciar la intervención de Simeón, al parecer un hombre de edad avanzada considerado justo y devoto, y en el cual estaba la presencia del Espíritu Santo, que inmediatamente reconoce en Jesús, a pesar de ser un bebé nacido hacía pocos días, quién era y cual era el propósito por el cual llegaba.

El Espíritu Santo, presente en él, le daba toda la sensibilidad y sabiduría necesarias para darse cuenta como el plan de redención de Dios avanzaba decididamente a través del niño Jesús, que ahora estaba en sus brazos. El texto nos señala que “aguardaba con esperanza la redención de Israel” confirmando su grado de conocimiento de las promesas de Dios. Incluso en la oración que eleva, teniendo a Jesús en sus brazos, reconoce al niño como la salvación de Dios, cómo la luz de las naciones y cómo la gloria de Israel.

Era tal su devoción a Dios, que sólo esperaba ese momento para morir satisfecho y en paz, promesa que había recibido del mismo Espíritu Santo, y por ello es que comienza su oración afirmando “Según tu palabra, Soberano Señor, ya puedes despedir a tu siervo en paz”.

Que hermosa imagen nos entrega Lucas de una nueva experiencia del niño Jesús, a pesar que hacía pocos días había nacido, provocada por la presencia del Espíritu Santo que nuevamente confirmaba el propósito por el cual llegaba, pero no sólo eso, sino que también anunciaba el origen y el gestor de este hermoso plan de redención. Por ello es que Simeón reconoce “mis ojos han visto tu salvación, que has preparado a la vista de todos los pueblos”, refiriéndose a Dios.

Pero la declaración de Simeón, de entender a Jesús como la luz de las naciones, lo posicionó más allá de la visita redentora que hacía a su pueblo Israel, por cuanto le reconocía la poderosa influencia e impacto que iba a tener su vida sobre todas las naciones. El Espíritu Santo, por intermedio de un corazón sensible de un hombre justo y consagrado a Dios, reafirmaba la dimensión cósmica y universal que tendría el ministerio y la vida de Jesús.

Hermanos y hermanas queridos, en cada circunstancia que nos relatan los evangelios sobre el nacimiento de Jesús, en éste caso el de Lucas, podemos constatar el liderazgo protagónico que asumió el Espíritu Santo desde un comienzo en la vida de Jesús. Hoy apreciamos como se hace presente a través de la vida de un anciano, desconocido en la élite de la sociedad judía, pero que sólo esperaba conocer a Jesús, la salvación de Dios, para morir en paz y con mucha gratitud.

Cada una de las intervenciones de hombres y mujeres, que participaron de una forma u otra en el nacimiento de Jesús, fueron guiados e inspirados por el Espíritu Santo. Cada uno de ellos fue escogido por su devoción, fe, consagración y obediencia a Dios. A cada uno de ellos se les reveló el propósito por el cual venía Jesús, y cada uno de ellos glorificó y alabó a Dios.

Por ello es que sabiendo nosotros en estos tiempos lo que fue la vida de Jesús, conociendo sus enseñanzas y viviendo una relación de paz y de vida con Dios, como consecuencia de su muerte y resurrección, sabiendo que Dios le glorificó y que gracias a su sacrificio nos permitió entrar a la misma presencia del Padre, y que ahora está sentado a su diestra intercediendo por nosotros, ¿no debiéramos explotar en un cántico de júbilo y gratitud?, ¿de adoración y alabanza?

El nacimiento de Jesús es eso, hermanos y hermanas queridos, la concreción maravillosa del plan de Dios para reconciliar y reconstruir una relación de vida eterna con sus criaturas en la condición de hijos. ¡Aleluya! ¡Gracias Señor!

Pr. Guillermo Hernández P.

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