Reflexión 25 de Julio 2020

Dios le dijo a Moisés: “… dispónte a partir. Voy a enviarte al faraón para que saques de Egipto a los israelitas, que son mi pueblo” (Éxodo 3. 10).

Queridos hermanos y hermanas la realidad que hoy vivimos, y que no ha sido fácil enfrentarla, no debe confundir nuestro corazón respecto de la fe en Dios, y Sus propósitos. Como lo he compartido en otras ocasiones, la Iglesia de Dios vive la misma experiencia de la sociedad en la cual está inserta, pero entendiendo que ha sido ubicada por Dios en ella con un claro propósito misionero: la proclamación de su Reino que trae la salvación en Cristo su Hijo para todos los desesperanzados, quebrantados y oprimidos.

En ésta convicción y con la ayuda de Dios, debemos vernos reflejados en la experiencia de Moisés quién fue comisionado por Dios, para liberar al pueblo de Israel de una esclavitud de 430 años en la tierra de Egipto; y en el texto de hoy encontramos su llamado para éste propósito. Dios se le revela desde una zarza que arde, en un encuentro personal con Él.

Ante la sorpresa, el temor y la pregunta de Moisés, Dios le dice un poco más adelante “Yo Soy el que Soy” (Ex. 3. 6, 14); pero no lo hizo esperando tan sólo la adoración de Moisés, por cuanto el llamado que le hacía era para atender lo que quería hacer: transformar para siempre la vida de miles que en ese momento sufrían el abuso y la violencia de una esclavitud cruda y angustiante. Y lo quería hacer a través de él, Moisés, un hombre de 80 años.

La experiencia del llamado de Moisés es transversal en las Escrituras. Dios llama y se revela a sus criaturas transformando para siempre sus vidas al hacerlos sus hijos e hijas. Pero va más allá al encomendarles un abierto desafío de proclamación y transformación. No es un llamado para que sea contemplado y adorado pasivamente. No es una revelación tan solo para darse a conocer. Tiene un sentido activo y dinámico que se materializa en la “verdadera adoración”, aquella que vincula íntimamente la obediencia a Su voluntad.

Y su voluntad es que “vayamos y hagamos discípulos” y les “enseñemos el evangelio”, que fue precisamente la instrucción de Jesús a los suyos antes de volver a su Padre, cuando les dijo “… vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes” (Mateo 28. 19, 20)

Como sabemos, si bien inicialmente Moisés se resistió, su obediencia significó la liberación de cientos de miles de hombres y mujeres.

Queridos hermanos y hermanas, al igual que Moisés dispongamos nuestra vida para que el mensaje de libertad y esperanza del Evangelio alcance a muchos que hoy están en torno a nosotros. Obedezcamos al llamado que Dios nos hace de proclamar Su Evangelio, a Cristo mismo, con una vida intencionada y comprometida con lo distinto, con aquello que proclama el Reino de Dios, sabiendo que nuestros dichos, actos e incluso pensamientos, deben estar sujetos al gobierno del Espíritu Santo para hacer la voluntad de Dios como sus discípulos, alcanzando la vida de aquellos que viven “esclavizados” por el pecado y que claman por esperanza y libertad. ¡Ayúdanos Señor!

Pr. Guillermo Hernández P.

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